miércoles, 28 de septiembre de 2011

Nosotros dos



    ¡Cómo se pierde tiempo en el banco! Vieja loca no pagaba más. ¿Son las cinco y media? Uy, a las seis era la cosa guiada. Si no apuro no llego. ¡Está el ciento treinta! Con suerte estoy en quince. ¿Siempre repleta esta porquería? ¡Mirá la piba que tengo adelante! Dios me libre. No rozarla. ¡Se baja acá también! Estoy en hora, menos mal. A ver estas escaleras... ¡No! ¡Salí! No digás que también entra ella. ¿También viene para la visita? Dios. ¿Se separa del grupo? Uno de Berni está mirando. Ese pelito marrón..., pielcita de bebé. ¡Cintura perfecta! No le sobra un kilo. Qué macita...
    Está mirando. ¿Qué le pasa? Debe pensar que estoy concentrada en el cuadro y no lo veo. Le gusto. Capaz. No confiés en cualquiera, nenita. Atrás en el colectivo lo tenía a éste. No me tocó. Parece respetuoso. Estos zapatos cómo molestan. No me los pongo más. ¡Pero me sigue mirando!
    Tengo que acercarme. No puedo dejar de... Demasiado linda. Bastante culta debe ser. Me relojea seguro. No es cualquiera. ¿Y si se dio cuenta?  No la quiero asustar. No me importa. No sé. Por ahí le gusta. Que piense lo que quiera.
    ¿Y si es un violador? Me siento rara. Parece obsesionado. ¿Le hablo? Tal vez para seguirme entró al museo. Mejor no. ¿Qué hago? Está loco capaz.
    ¿Y si cree que estoy loco? Disimular más. Tal vez piense que soy un psicópata. Hay que probar. Sigo mirando cuadros. A la salida. Me le acerco a la salida.
    Ya dejó. Me conoce de algún lado por ahí. No sé. Por el arte vine. Pienso demasiado. Tengo que ver cuadros. No creo que me hable. Lindo es. Parece tímido. Me gustó siempre Berni. Lo tendría que buscar yo. Este guía muy rápido habla. Debe tener novia. O no. Hay que ver.
    No agarran a cualquiera. Tengo que parecer culto. Ésta no es fácil. Hay que impresionar. Muy refinada. Eso les gusta.
    ¿Por Quinquela le pregunta al guía? ¿Cuál es el Cementerio de Barcos? Se ve que sabe. Capaz piensa que sé mucho. Habla con seguridad. Muy inteligente. Me da vergüenza ahora.
    Dejó de mirarme. Me quiero matar. La embarré. ¿Y qué hago? Quedé pedante.
    No lo puedo creer. Mejor le digo que sí. ¿Para qué me pregunta si me gusta Quinquela?
    Me dice que sí. Un pie adentro.
    Debo parecer una tonta. Pone nerviosa. Él también piensa que el guía habla muy rápido.
    Hermosa. Esa risa. Una magia. La tengo que invitar a tomar algo. Qué dulzura.
    ¿“Qué calor” me viene a decir? La verdad. Sería lindo una cerveza. El museo me cansó ya.
   Si no quiere ir a tomar un café le tengo que preguntar. A charlar sobre Berni y Quinquela. ¿A ver si le gusta Solar? ¡Vamos!
    ¿A un barcito? Se pone bueno esto.
    Le tengo que apoyar ahora para salir la mano en la cintura. Se deja. Bien.
    Le gusto. Seguro. Qué galán. La manito en la cintura.
    Me encanta esta piba.
    ¿Un cortado? Mejor yo pido un tecito.
    ¿Así que sos decoradora? Hay que decirle que es una artista.
    ¡Lo mío le encanta! Qué bien que habla. ¿Comunicación estudia?
    Una peli a casa te tengo que invitar a ver.
    ¡Este pibe va al grano! ¿Ya me estás invitando a tu casa?
    Se puso seria. No le gustó la idea. ¡Decí algo, che!
    Le digo que sí mejor. El que no arriesga no disfruta, nena. Hay que animarse en la vida. Parece serio. Podría ser mi novio.
    ¡Se me dio! ¡La llevo! Tomar el colectivo de vuelta ahora.
    Qué bueno. Me deja sentarme del lado de la ventana. Cómo habla de películas.
    Cuando se abra la puerta le voy a agarrar la mano. Se ríe. Parece que también le gusto.
    ¿De la mano me querés llevar a tu casa? Se viene con todo el día. Es un amor.
    Le dije y se entusiasmó. ¡Vamos! Pongo Laberinto.
    No me concentro en la... Re lindo el beso.
    ¿Sacándome la remera?
    ¡Qué pectorales! ¡Qué apasionada! Quitame todo. Qué risa fantástica. No deja de acariciarme. ¿Yo también me río? Nos besamos. Ahora. La abrazo. Me está abrazando. Jugamos. Ahora. Callamos. Jugamos. Nosotros dos. Ahora. Nosotros dos. Ahora. Ya somos uno.


  

Aunque imperfecto, incorrecto...



Ze ba fué el montom de díaz
fiksionados y aora me prezentho,
digo mi nonbre,
me yamo “Esto”, y Esto es
lo que se aserka a bos: dezprolijo,
dezconsideradho.
¿Queda ezpasio aún para este
llo, Esto, ezte que bivía
en la noche, él, ezkomdido del haroma,
temiendo,
temiendo haterrado
al haroma,
al amor? Este llo
ez poko, nada; ¡por fabor,
no le eksijas perfección a Esto!,
¿sabés ké? Sólo una cozita, ¿sabés?
Pedile que Esto te qiera,
te kuide,
te aconpanie,
te mime,
te vece,
esté, él,
ke no ze alege.
Creo ke Esto ará lo que le pidas,
kreo que te hama y sufre sin bos, no sé, lo cé
Zupongo, t digo:
¡Basta! ¡Yo digo que Esto será perfecto para vos!
¡Será correcto, considerado! ¡No pondrá mal
una tilde ni confundirá las Eses! Hará todo
como convenga, y hablará poco, oirá mucho,
atenderá.
Será lo que siempre debió ser:

Esto, este yo,
Será el único Yo que exista.


martes, 13 de septiembre de 2011

Las voces de un poeta adolescente



Como bien lo sabe usted, comisario Calma, todo lo que pude averiguar sobre Juanito fue gracias a los pedazos de papel que dejaba escritos con sus poemas. Es notable la transformación tan violenta que sufrió durante sus últimos quince días: me refiero, como bien usted lo sabe, a una metamorfosis espiritual. La entonación de los versos variaba leve pero constantemente al transcurrir las semanas; y no solo la entonación, también la estética, el registro, todo. Bueno, no todo, había cierto espíritu en común, como un pasionalismo, usted ya sabe, y eso es lo que nos lleva hacia la principal teoría sobre el caso: Juanito estaba enamorado.
Le explicaré mejor este asunto. El día veintitrés de octubre nuestro joven escribe su primer poema. Para ser más exactos, conviene aclarar que más que poemas eran fragmentos, o inicios de poemas; mejor dicho, Juanito escribía una sola estrofa en cada papel. Pero preste atención a la característica de esta primera nota. Cita textual:

Ayer crecía, enhiesto,
el tallo de una rosa en mi huerto
la Luna lo sabía y por eso
su sonrisa era de nácar
y su aliento a caramelo
que eclipsaba al cielo
todas las noches desde la terraza

No es común que un varón de su edad se ocupe en describir cómo respondía la Luna ante el florecimiento de una rosa. Ya lo sé, usted me dirá “bueno, Lisandro, quizás el muchacho era un rarito”; admito que aquellos versos se prestan a tal conclusión, y de hecho yo pensaría igual de no ser por el contenido de su segunda nota, la cual dejó sobre la mesa tres del Café Martínez de Barrio Parque, el veinticuatro de octubre, justo un día después de la poesía anterior. Transcribo:

No me resigno a dar la despedida
a tan altivo y firme sentimiento
que tanto impulso y luz diera a mi vida.

Definitivamente Juanito no era un raro, no sentía pasiones bajas por la Luna y sus colores. No hay ninguna razón para que alguien deba despedirse del amor a un cuerpo celeste. Tanto yo como mis compañeros en seguida postulamos que había una mujer, una jovencita, detrás de todo esto.

Pasaba arrolladora en su hermosura
     y el paso le dejé;
ni aun a mirarla me volví y, no obstante,
algo a mi oído murmuró: —Esa es.

Anteriormente le advertí sobre los abruptos cambios estilísticos acaecidos de un poema al otro. Cualquier experto en literatura afirmaría que esta última estrofa no fue escrita por la misma persona que compuso las dos anteriores. El problema es que sí: es la misma letra y la misma firma. Ya no nos quedaron dudas de que Juanito estaba enamorado. Siente algo fuerte por una joven, no quiere renunciar a ese sentimiento aunque teme no ser correspondido, pero dentro de sí considera que aquella chica es la indicada para él. La cuestión parecía muy trivial hasta el momento.

He renunciado a ti. No era posible
Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.

¡Ah! Primera llamada de atención. Esta cuarta nota la dejó el treinta y uno de octubre, seis días después de la anterior. Algo había sucedido. Vuelven las teorías sobre su fascinación con la Luna. ¿Por qué si no “a lo inaccesible una proximidad de lejanía”? Pero Federico Randamoro se negaba a compartir nuestra postura. Cómo no se dan cuenta, decía él, de que Juanito está padeciendo por una mujer. Esta chica, seguía diciendo Federico, le es inaccesible. Tenía razón, debíamos entender el porqué de esa dificultad. ¿Quién era la joven? ¿Cuáles eran sus motivos para rechazar al encantador Juanito?

Amigos también son el aire,
el agua, el silencio,
y tú los besas y acaricias
 cada día. ¡Déjame entonces
ser tu amigo tanto como ellos!

Esa fue la penúltima nota de nuestro muchacho. Siento escalofríos cuando la leo, porque me viene el recuerdo de su desdicha, de su final desdichado. Federico Randamoro sugirió que la chica en cuestión y Juanito eran amigos. Quizás porque son amigos, decía él, ella no pueda tolerarle un mayor amor de hombre. Claro, entonces Juanito le pedía que, aún siendo amigos, lo tratara con el mismo cariño sensual con que trataba al aire, al agua y demás. Salvo algunos pocos colegas, todos los demás habíamos abandonado ya las ideas sobre un posible romance platónico entre Juanito y la Luna. ¡La Luna no tiene contacto con el agua! La amada de Juanito, sí.
A continuación, comisario Calma, le transcribo el desgarrador último poema. Es una gran exhalación, con un notorio descuido de la estética, de la musicalidad, de cualquier sutileza. Sabemos que luego de esto Juanito murió.

¡Ay! Shhh
¡Y ahora no puedo nada!
vos allá,
vos allá,
vos allá
¡Por qué, Dios, siempre allá!
Sí, caigo,
No,
ya no puedo nada.

¿A qué vendrá todo esto? ¿Es lógico suponer que una trivial historia de amor y rechazo acabó con Juanito? No lo sé, comisario, mis colegas y yo solo tenemos teorías. Si la Luna, si una joven, si amiga, si no…. Todas teorías. Los hechos son estos: Juanito escribió seis poemas, los dejó como palabra al mundo, y luego se fue, desapareció. Espero que usted junto a su equipo obtenga las respuestas. Lamento ser tan poco inteligente.

Cordiales saludos,
Lisandro


lunes, 5 de septiembre de 2011

¿Y tú lo entiendes?


En el hogar estaba el señor, aquel que dice que se llama Quedorio, el que tiene olor a fiambre: ¿a quién no le agrada oler fiambre y luego probarlo? A mí no me agrada. Pero Quedorio era más que fiambre, él era el perfume del deseo amoroso hecho silueta de carne, era de esos sensuales que se olvidan del pensar y de calcular posibilidades. Era un hombre nacido para ser de otras, de las mujeres que él amaba: las rubias, las gordas y también las hijas de ministros del Cristo de Dios. Así era este hombre, y un día conoció a la rubia gorda cristiana que lo haría siempre feliz: la mujer que se llama Yáxtama. Aún así se llama.
Definido el sentimiento hacia ella, el señor Quedorio compró rosas, también chocolates y dulce de tomate, también compró osos de peluche, un canario, su jaula y doce adornos pequeños de marfil. Todo eso compró para conquistar el interés, luego el amor de la mujer Yáxtama, aquella que una vez dijo sobre él que olía como los mejores quesos, jamones y aceites del Universo. Yáxtama y Quedorio eran seres marcados para unirse y cuidarse. 
Cuando llegó aquel varón al recinto de la dama descubrió que ella no lo esperaba, que gozaba en los currucamientos de otro señor de piernas rudas y barba. Nuestro hombre estaba disecado, aperplejo, tan furioso.
«¿Quién es este chamulocón que viene y se roba a la mujer que necesito?» «Quedorio, Quedorio, por Dios, no sabía que me amabas» «¿Y acaso te ama este cularraca pastoso? ¡Dime si él te ama!» «No sé, Quedorio, no sé, lo dudo mucho» «¿Y así tan fácil le dejas acurrucarte?»  «Yo no espero al amor para estas cosas» «Ah, dulzura tierna, y yo aquí tan solito».
El intruso de barba que no estaba allí más que por intereses pulsionales decidió marcharse. Ahora sí: nadie interrumpía: Yáxtama y Quedorio juntos para decirse sus cosas del corazón y darse masajes o besos quizás. Era el tiempo de Dios.
Yáxtama puso las rosas en agua, comió los chocolates, guardó el dulce de tomate, abrazó los peluches, oyó al canario y no sé qué hizo con los adornos. Pero luego de todo se sentó junto a Quedorio y le pidió que hablara, que le contara sobre el amor que sentía. Quedorio no ahorró palabras:

«Tú sabes que yo aprecio a las niñas como tú, por tu pelo, tus grasas y por el padre santo que Dios te ha dado y eso es de honra. Pero hay algo que te distingue, y no son tus ojos, ni tus dedos ni nada en sí que pertenezca a tu cuerpo: amo algo en ti que está en tu alma, y no lo comprendo, solo sé que es algo, que es algo como no sé qué, y eso es lo que quiero conmigo por los siglos de los siglos que dure el Universo. ¿Sientes tú también cosas fuertes por mí, las sientes tan así, dulzura tierna?»

Yáxtama evitó responder con palabras pero se lanzó sobre él y acurrucó sus deseos hasta que el día se hizo de día y los pájaros cantaban, y también aquel canario.
Desde ese tiempo están unidos y ya no piensan más que en complacerse. Todo lo que hacen es complacerse. Hay quienes no entienden sobre esto, lo sé.

miércoles, 31 de agosto de 2011

El Feliz Saber



Yo, Marcos David Porrini, hijo de Estela, hijo de Ricardo, Yo, hombre joven si los hay, encontrábame en el bar dieciséis a la hora catorce junto a mis cinco amigos: Luciano, Arnaldo, Federico, Luis y Luciano Luis. Hablábamos sobre la probabilidad de que Dios, el Dios Todopoderoso, el que habló con Moisés en el desierto, el que estuvo con David, El Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, el Gran Yo Soy…. Sí, hablábamos sobre la probabilidad de que ese Dios, el tan amado, No existiera. De hecho cada uno de nosotros exponía argumentos para convencer al otro de que la religión es una mentira, de que el Nazareno jamás vivió, de que el Papa es tonto y de la eternidad de la materia. No fue difícil convencernos mutuamente, Todos creíamos las mismas cosas, Todos amábamos los deleites de este mundo, la vanagloria de la vida…. Y aún lo hacemos.
Pasó que en equis instancia vimos al hombre más exótico del Universo. Mezcla rara de penúltimo linyera y primer polizón en el viaje a Islandia. Un hombre loco. Vestía de negro, Babeaba, Su pantalón tenía mojada la entrepierna. En sus manos traía una Biblia, Biblia negra, dos palmos de largo, Uno de ancho. Entró al bar.
Mi amigo Arnaldo comprendió sin mucha dificultad que aquel hombre no estaba en sus cabales ―Arnaldo es médico psiquiatra―. Pero a ese hombre no bastole tener en frente a un psiquiatra para calmarse, No, No Bastole. Se acercó adonde estábamos sentados, nos miró fijo, como iracundo, Y ENTONCES LANZÓ SALVAJEMENTE su Biblia contra la mesa ―Nuestra mesa―. El estruendo de aquel impacto perturbó a todos los pobladores del bar. El demente me señaló y exclamó: ¡Ustedes!, y luego señaló a Luciano Luis y exclamó: ¡Ustedes lo han asesinado! ¡Hijos de mala madre! ¡Han matado al Dios de los Cielos!
Silencio en todo el bar. Estábamos estupefactos ante aquel evento. El roñoso loco viejo estúpido agregó, sarcásticamente, «sí, yo sé quiénes son ustedes…. ¡Muy bien los conozco!» ¿De qué nos hablas?, preguntó Federico (es venezolano), lo preguntó un tanto enfurecido.
Nadie entendía nada. O tal vez sí. Habíamos estado debatiendo cosas innobles sobre Dios y su Santa Iglesia de Roma, sobre el Papa y el Nazareno. Y mientras nos gozábamos en la herejía de pensamiento, entró un hombre a acusarnos de asesinato al Altísimo, al Soberano, A quien nosotros rechazamos. El hombre habló: Entiendan bien (al momento de decir eso ya estaba tranquilo. Pero hizo algo irreverentísimo: con fuego de un encendedor PUSO EN LLAMAS la Biblia negra que trajo, la que había golpeado contra la mesa), Ustedes han matado a Dios. No solo ustedes, yo también. Hemos dejado Cielo y Tierra sometidos al absurdo, a la anarquía del Azar, al espíritu del AntiCristo, al Diablo. ¡Sin Dios no hay valores, No hay razón ni moral! ¡Las tinieblas esparcirán su faz y la humanidad se infectará de lupus, De judíos y homosexuales! Vagamos como a través de una nada infinita. Lo hemos matado.
No podíamos tolerar más tamaña farsa. Luciano se paró e increpó al ciruja: ¡Usted delira! No lo hago, respondió el hombre. Sí lo hace, dije yo, ¡Que no!, respondió él. Luciano sacó de su bolsillo una hoja de papel muy avejentada, amarillenta. «Observe bien, este es el testamento del difunto». Leyó:

AQUÍ YO, EL QUE DICE
SER EL QUE ES,
MORIRÉ PRONTO.
LOS HOMBRES ME HABRÁN MATADO.
MI HERENCIA REPARTIRÉ
POR PARTES IGUALES
ENTRE MIS AMADOS:
JESÚS, MIGUEL, GABRIEL,
LUCIFER, ADRIEL, MABEL,
MOISÉS
Y DANIEL.
ELLOS VERÁN QUÉ HACER
Y GOBERNARÁN CON EL AMOR
CON QUE LOS HE AMADO.

Gracias a la contundencia del documento, aquel hombre desquiciado cambió de parecer. Sonrió. Dijo estar feliz ahora por cuanto el Cosmos no habría quedado solo. Recobró su esperanza en la vida y la humanidad.
Sabemos que Dios ya no existe, Que es parte del pasado, Sus palabras y señales no han bastado para librarnos del dolor, de los temores, de la violencia y el desprecio. Los hombres mataron al Creador por verlo inútil, negligente. El Pueblo ansiaba renovación, un cambio de manos en el Poder del Universo. Así fue. Así se ha dado. Las estructuras ya son otras. También es otra la Verdad, serán otras la Justicia y la Misericordia. Será otra cosa el Amor. Todo será nuevo en la Tierra sin Dios.
Todo bajo el arbitrio de sus herederos.








jueves, 23 de junio de 2011

La Conquista


Mientras paseaba con mi barquito, mientras le echaba un ojo a las sinrazones de esta pelota de barro, me llevé por delante a quien sería, y ya verán por qué, sería mi nueva amiguita. Y es la nueva amiguita el personaje central, el central de este cuento corto. Y digo corto aunque abarca mucho, digo que es corto aunque estará mamando historia, la historia que mamó mi pelota de barro, que nos hace como somos y nos ayuda a entender, a entender que no se entiende el paraqué de tener historia.
Decía que iba con mi barquito, iba visitando todos los océanos, y fue que yendo por esos océanos me la topé a ella; de quien digo ella es una vieja, pero una vieja que cree que es joven o, por lo menos, intentó creerlo desde hace algunos años. Me acerqué y me dijo su nombre, me dijo: dulce, llamame Amela; no me quedó más que forzar sonrisa y saludar: ¿qué decís, piba? Estás bastante buena. Se ve que me vio lindo y distinto, y aparte de lindo, con ropa cara; ignoró mi poco respeto. Me abrió de par en par las puertas de su amor, y con poco respeto y con ropa cara me hice dueño de su cuerpo; y si hubiera habido otro dueño de antes habría sido un dueño gil, y el que es gil no me interesa. Así que agarré a la vieja, que si no era virgen me la hice virgen para mí, y me la hice joven para mí, porque sé que me había estado esperando, me estaba esperando a mí la muy picarona.
Entre esas miraditas curiosas por su casita, vi que brillaba algo de lo que me gusta, vi que brillaba algo de ese metal precioso que me ha estado haciendo así de lindo, que me hizo así de distinto, con ropa cara. Ella leyó la codicia en mi piel, yo creí interpretar su voz, la voz con la que sus ojos me decían: tomá, papote, lo que quieras; sé mi macho fuerte y yo te hago rico, vos domame bien que yo te hago muy rico.
Nos entendimos en seguida, así duró bastante nuestra relación: yo, la mano dura; ella, mi codicia, mi lujuria. Pero por cierta razón los años me fueron debilitando, hay quien dijo que parecía un estúpido engrupido; quedé débil, tan débil que a la desgraciada se le dio por volar con alas propias, quería lanzarse al vacío la muy desgraciada. Yo puse todo de mí para retenerla, luché por retenerla, para tenerla como antes, pero fue inútil. Se me fue la zorra, y eso que yo la hice joven, la había hecho virgen, para mí.
Anduvo sacando chapa de su independencia, se creía la súper woman. Pero le duró poco, la terminó enganchando el súper man (gentleman). Este tipo, que era un vecino mío, no se quedó a vivir con ella, la usaba de a ratos, por placer; ella se seguía porfiando de su libertad.
Casi no volví a tener contacto con Amela; durante todos estos tiempos ha habido tanto quilombo en mi barrio, que por poco hasta me olvido de haberla conocido. De todas formas, hoy la veo, y hoy que la veo no la siento tan cambiada; quizás con más dudas, más confundida, ya no tan guapita. De a pasitos intenta recobrar su independencia, se ve que ahora la experiencia le está sirviendo; todavía no encontró su ser, esa esencia, la verdadera esencia que la hace única, que le da valor. Le cuesta creer que puede sola, sus heridas tardan en cicatrizar; le tengo esperanza. Ya no es más una loca fácil, ya no tiene nada que envidiarnos a nosotros, los de la cuadra de enfrente. ¡Viva la vieja virgen! ¡Viva la de los dueños giles!
Por cómo viene la mano, me parece que esa, nuestra ex muñeca inflable, va a terminar siendo la madre de todos. Vamo' a terminar mamando su leche; mamando su leche y durmiendo en sus brazos.




  

domingo, 29 de mayo de 2011

El Progreso


Para celebración de todos los ciudadanos de Pearcópolis, su infalible gran protector volvió a librarlos de la intimidación de la que ha sido, hasta el momento, la más dañina de las villanías. La ciudad pudo regresar al orden; volvió la tranquilidad al corazón de sus hombres.

El alabado héroe de Pearcópolis, el indomable Sícoman, estaba en su casa durmiendo cuando recibió la llamada del Alcalde; lo necesitaban urgente para detener a una inesperada y terrible amenaza.
Separó suavemente sus piernas de las de su amante, salió de la cama y comenzó a vestirse. Luego de despedir a Ezequiel, marchó en su auto supertecnificado al encuentro con el Secretario de Justicia mesié Raimón.
—Usted dirá, Raimón. ¿Qué es lo que pasa?
—Pasa bastante, Sícoman, le tengo un nuevo archienemigo. Está perturbando nuestras calles; la policía ya no sabe cómo detenerlo. Es otro chanterilo más, pero mucha gente lo sigue y está poniéndose peligroso.

Este es el camino que quise abrazar: mi pelea contra el mal no es por la fuerza, estoy en contra de todo tipo de violencia; yo combato con la palabra. Apoyo la visión y soy fiel seguidor de nuestro Alcalde; siento que él es la única solución a todos los grandes conflictos por los que ha venido pasando siempre la humanidad. Pearcópolis es lo que es hoy día gracias al amor y a la luz que el Alcalde lleva incorporados. No voy a permitir que esas resacas del pasado desestabilicen el imperio de paz que estamos creando; en ellos se sintetiza toda la desgracia humana: las guerras, la discriminación, las culpas, los miedos, la hipocresía. Voy a limpiar completamente a mi querida ciudad de todo su veneno.
 
Sícoman se dirigió por medio de la televisión, en cadena general, a todo el pueblo pearcopolitano. Así fue en parte su discurso:
Mi muy amada gente, estamos por desgracia en clave roja. Tenemos que anticiparnos cuanto antes a la amenaza de estas víboras. Sabíamos que no iban a quedarse con los brazos cruzados viendo cómo prosperábamos, cómo extirpábamos el delito, envidiando nuestra libertad y nuestra vida sin culpas; se les derrite el cuerpo de solo pensar que pudimos avanzar y que tuvimos éxito estando apartados de todas sus mentiras, de la basura que hicieron tragar al mundo por más de quince siglos. ¿Porque ya quién les cree esa moral barata con la que compran a los más débiles? ¿No nos enseñó la Historia que lo que ellos quieren es dominarnos, tenernos en sus manos, para satisfacer quién sabe qué deseos oscuros?....

Esto es lo que nos dictó la razón, y es la bandera que sacudimos fuerte como ciudad: “hay una esencia natural, un potencial creativo que debe empujarnos al desarrollo. En el silencio de nuestras mentes duerme todo el amor y todo el vigor que necesitamos para crecer; la tierra misma en la que vivimos nos hace ver que nada merece dividirnos, que nos corresponde hermandad y fraternidad. No tiene por qué haber pobres o clases esclavas; todos somos un mismo espíritu, somos energía. No se trata de dogmas, religiones o pasionismos; se trata de estar unidos, de ser la misma cosa, el mismo dios.”
Si se los quiere desmoronar rápidamente, habrá que someter a su líder. Lo llaman “el hermano Muñiz”; está buscando que nuestra gente se rebele contra el Alcalde, está empecinado en dividir al pueblo. Hace creer que obra milagros, que trae regeneración espiritual, que si no aceptan a su dios no pueden ser felices o tener paz, iluminación, salvación o qué sé yo. Me hierve la sangre que estén pasando esas cosas y el Alcalde recurra solo a mis métodos.

Mientras tanto, las ratas chillaban en su madriguera….

Bastaron diez minutos de un discurso televisivo para que ya fuera blanco de todos los disparos. Este Sícoman consiguió que la gente me odiara.
Todas las críticas que nos hacen son exageraciones o directamente mentiras. Esta ciudad está mugrienta; se llenan la boca hablando de que la paz esto o la paz lo otro, pero se les empuntan los pelos de la rabia cuando decimos que la mejor paz está en el Señor. Nos tienen tremenda bronca, en especial el Alcalde. Hablan del respeto, de la hermandad, del amor…, pero ahora nos quieren liquidar; ¡si ya tenemos que andar escondidos! Sícoman piensa que el problema acá es “el hermano Muñiz”, está muy equivocado. Yo nada más enseño lo que creo, no busco hacerme seguidores; en todo caso, si quiero que sigan a alguien, que sea a Hiesurristo.

…Ya se ha dictaminado la medida. Vamos a tener que elevarnos a un sistema de seguridad mucho más estricto; no hay vuelta que dar. Desde el día de mañana hasta el próximo viernes, todos deberán pasar por el registro civil para ser codificados en su mano derecha a través de medios digitales. Esta identificación va a servir para reconocer quiénes de ustedes son ciudadanos comunes y quiénes son seguidores de Muñiz. El que no tenga el código no podrá hacer ningún tipo de transacción, no podrá entrar a su trabajo, no se le permitirá subir a los transportes públicos. Si la policía lo encuentra, va a llevarlo detenido; no importa la situación en la que esté.
Y para evitar que esos terroristas fanáticos también reciban la marcación, va a imponerse la condición de que los identificados asuman todos los días, en voz alta, sea en su lugar de estudio o de trabajo, frente a dispositivos especiales que vamos a instalar, que el único jefe y merecedor de nuestra total fidelidad es el Alcalde. Los terroristas no van a atreverse a un acto de amor y compromiso tan grande con Pearcópolis; para ellos es Hiesú, Muñiz o nada.

Durante los dos meses siguientes, se libró un perseguimiento excepcional de todos los mal vivientes. El sistema resultó muy eficaz. Todo volvió a ser como antes: orden y tranquilidad; piedras base del progreso….


 
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